sábado, 10 de enero de 2009

Esa misma señora que mencionábamos con relativa constancia, como si su identificación en pleno discurso cuasisicótico se estableciera como una poca ingeniosa forma de invitarla a la sala de espera. La otra señora también toma el té en la tarde, y dispone de todos los muebles de modo que nadie se atreva a interrumpir sus alcurniosos sorbos. Ambas miran, conversan como si hallaran entre ellas similitudes tan bastas, como los rebordes de las camas y los encajes de las cortinas. El silencio se adueña de todos los espacios, y no hay rincón que permita el rebotar sibilante de las notas musicales, porque la física no es permitida cuando hay costurero, y las irreverencias son exclusividades que solo se permiten cuando ya estableces una relación tan cordial con la primera señora, que su amenaza constante es omitida dado que la invitación ha sido aceptada y finiquitada.
Muerte y Soledad... Que bonitas palabras.
Silencio y punto aparte.

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